
“La isla desierta” es una obra de teatro, un desafío, una rareza. Ininterrumpidamente, y desde el 2001, que el grupo Ojcuro plantea esta propuesta: una puesta en escena de la obra de Roberto Arlt, sin un halo de luz. Y lo que sucede desde el primer minuto es inefable, difícil de explicar en palabras y lleno de sensaciones.
Organizado en pequeños grupos de cinco personas, el público va ingresando al teatro ayudado por los mismos actores. Desde la puerta, la oscuridad total va tomando al cuerpo por sorpresa. La gente de toma de los hombros y un actor, no vidente y vestido completamente de negro, va dirigiendo a los espectadores a sus ubicaciones.
Claustrofobia puede ser una de las primeras sensaciones que sentimos en la desorientación de valernos de los cuerpos sin la vista. Pero de allí en más, al público le van pasando diferentes cosas. Es una obviedad decir que estamos tan acostumbrados a ver que, cuando nos quedamos sin vista, uno se siente perdido y angustiado. Esa es la genialidad de la obra. No nos hace ver, sino sentir.
Los actores, en su mayoría no videntes, se posicionan en sus lugares invisibles para el público y dan comienzo a la obra. La isla desierta es la historia de un grupo de oficinistas que, encerrados hace años en el mismo espacio de trabajo, empiezan a volar con su imaginación por sus sueños y aventuras imaginadas.
Los espacios tienen que ser adivinados. Construidos por la percepción. Pero desde ya, nos damos cuenta que escenario y platea no se diferencian. Es como una experiencia 8.1 (son ocho actores), ya que de todos lados surgen las voces y los efectos especiales. A la experiencia sonora se le suma la olfativa. En esta ocasión, y siendo la primera función en el Centro Argentino de Teatro ciego, el aroma predominante fue el “pescado”. En la escena del mar y el relato de la pesca, de alguna manera un importante olor a pescado llega a la platea. La idea seguramente es que el resto de las experiencias olfativas predominen de la misma manera. Sabemos que hay azafrán y quizás otros aromas. En este caso, el pescado acaparó nuestro olfato.
La experiencia es tan intensa y ellos lo saben, que al ingresar nos dan pautas por si algún espectador necesita salir. Así, con sólo decir: “Gerardo, quiero salir”, un actor acudirá al rescate para dirigirlo a la salida. Pero es imposible describir el por qué de pronto, alguien siente que no tolera más la situación. Quienes se quedan, pasado el impacto, comienzan a transitar diferentes sensaciones corporales. Mismo la postura del cuerpo va variando y de pronto nos encontramos sentados, con los ojos cerrados, abiertos o a media asta, percibiendo con el resto del cuerpo.
En mi caso, predominó más la extrañeza de la propuesta que la obra teatral en sí. Está en uno poder abstraerse de la situación y sentir que asistió a una obra de teatro. Es difícil. Me costó seguir la trama y llevarme, además de esta experiencia, los recuerdos de la Isla desierta. Más allá de esto, el boca a boca no falla. El grupo Ojcuro lleva más de 1000 funciones con este mismo formato. Poca publicidad, mucha recomendación del público, y una propuesta más que tentadora. El trabajo de los actores, sus voces y matices, excelente. El sonido, muy bien logrado, aunque en esta primera función aún estaban reconociendo el lugar en cuestiones técnicas e imprescindibles para este espectáculo.
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Cuándo y dónde: Viernes y sábados 21 y 23 hs en el Centro Argentino de Teatro Ciego, Zelaya 3006 (esq. Jean Jaures). Entradas, 30 pesos.